Archives de catégorie : Littérature

Los relatos fantásticos de Alfredo Castellanos Barrera

Aserrín  por Marco Martos 

Los relatos fantásticos de Alfredo Castellanos – Marzo de 2026

Uno de los autores más notables de la ficción en el Perú de los años cincuenta es Alfredo Castellanos Barreda (1928-1976), quien fue uno de los contertulios que inspiró la novela de Julio Ramón Ribeyro Los geniecillos dominicales. Castellanos tiene una prosa peculiar, imantada, que nos seduce como un cuento de Kafka o las páginas de Martín Adán en La casa de cartón. También podemos sentir la presencia del más misterioso Valdelomar y del Vallejo de Escalas. Indiferente a todo lo que puede ser prestigio o figuración, como lo haría años después Luis Hernández, solía obsequiar sus textos inéditos a los amigos cercanos: Eleodoro Vargas Vicuña. Jorge Eduardo Eielson, Oswaldo Reynoso, Miguel Gutiérrez. No pensaba en libros, sino en cuentos. El azar de la vida ha querido que ese aparente descuido sirva más bien para  rescatar una parte muy valiosa de su producción, pues algunos de estos allegados, amigos de la esposa de Castellanos, Esperanza Ruiz, figura emblemática de esos años y profesora de San Marcos, han contribuido entregando originales que tenían guardados para dar lugar a la publicación  Relatos fantásticos de Alfredo Castellanos publicado en 2006 por editorial San Marcos que dirigía Aníbal Paredes y que todavía, con algún esfuerzo puede hallarse en librerías, pero que naturalmente está en las bibliotecas más importantes como la Nacional del Perú o la de la Universidad de San Marcos.

Durante un tiempo, merced a un trabajo que tuvo en la Compañía Peruana de Vapores, viajó Alfredo Castellanos y estuvo en Panamá, San Francisco, Vancouver, Hanover, y conoció los puertos del Japón y China. Sin embargo, no hay rastro en su escritura de ese conocimiento, porque lo que interesaba a nuestro autor era las profundidades del alma, el enigma de las conductas imprevisibles, la violencia de las acciones humanas. Básicamente, pensaba, aunque cada ser es diferente, único, hay algo común en todos ellos, independientemente de su edad, país, o circunstancia histórica. El ser humano está mal hecho, como lo había dicho Vallejo en uno de sus poemas más célebres. El mal vence al bien casi siempre. Pese a lo dicho y escrito por él, rescatamos una confesión que le hizo a su propia esposa Esperanza Ruiz, estando ya enfermo: la vida merece vivirse. Cada persona, añadimos, debe darse su oportunidad.

En uno de sus cuentos, Alfredo Castellanos escribió: “Un sopor iba adormeciéndolo, las manos se le ablandaban al contacto de su carne. Ya estaba viejo de haber esperado tantos años. Las pupilas se le disolvían en un licor sucio pero la contemplación de la gente no le contrariaba, antes bien parecía alegrarle”.

***

Nota publicada con motivo de la presentación de La culpa y otros cuentos de Alfredo Castellanos Barrera en la Casa de la Literatura el 9 de octubre de 2014.

La edición, preparada por Esperanza Ruiz -viuda del autor- y el poeta Gonzalo Portals, nos permitirá apreciar el talento de un escritor a quien no le interesó divulgar su obra y cuyos originales anduvieron perdidos durante cuatro décadas entre los documentos del psiquiatra Mariano Querol.

El eje llamativo de los 9 relatos lo constituye el sentimiento de culpa y la religión, según coinciden los dos reconocidos prologuistas del libro, Elton Honores y Gonzalo Portals.

Alfredo Castellanos Barrera nació en Apurímac el 2 de octubre de 1928 mientras su padre ejercía el cargo de prefecto. Su existencia transcurrió entre Lima y Miraflores, falleció un 11 de diciembre de 1976. Llevó una vida de constantes viajes por el Perú y el extranjero. Es un enigmático narrador de la Generación del 50 que falleció a los cuarenta y ocho años. Castellanos es autor, además, de Relatos fantásticos (2006).

 

 

 

Compte rendu d’ouvrage: Images et représentations du Pérou de l’Indépendance à nos jours

 

Images et représentations du Pérou en France, 1821-2021, La Réunion, Presses Universitaires Indianocéaniques, 2022, 404 p. ISBN : 978-2-38444-006-1

Par  Flor de María Mallqui Bravo (Universidad San Ignacio de Loyola, Lima)

Este libro es producto del coloquio internacional homónimo: Images et représentations du Pérou en France, 1821-2021 (Imágenes y representaciones del Perú en Francia, 1821-2021) realizado en Burdeos en noviembre de 2021. Continuer la lecture de Compte rendu d’ouvrage: Images et représentations du Pérou de l’Indépendance à nos jours

Los amigos de Elena: un roman sur le Pérou du milieu du XIXe siècle

Compte rendu en ligne sur le premier roman de Fernando Casos par Carlos Estela Vilela publié par la revue Archivo Vallejo – Universidad Ricardo Palma

PDF.

 

“Elena y sus amigos, casi dos siglos después”, por Carlos Estela-Vilela

¿Una novela de amor, una novela policial, una novela histórica…? Los amigos de Elena. Diez años antes, permite al lector reencontrarse con un desconocido: Fernando Casós. En 1874 el abogado trujillano publica en París esta novela ambientada en el Perú de 1849 agitado por toda la resaca consecuencia del “maldito guano”.

Elena y uno de los amigos, una transfiguración del autor, luchan por su amor en el escenario propio de una sociedad descompuesta por la corrupción y la violencia contra personajes desalmados dispuestos a venderse y vender al país al mejor postor. Estos malvados envuelven a los amigos en mentiras e intrigas para enfrentarlos a los crímenes que alimentan la historia de amor.

¿Logran estos jóvenes provincianos sortear los obstáculos armados de sus corazones e ideales? El lector lo sabrá si se deja conducir a lo largo de sus cuatrocientas páginas. Casós ha concedido un ritmo con aire de trote a su relato tejido a partir de capítulos muy cortos que lo hace de ágil lectura. Esta no es la única particularidad estilística de la novela. Su modernidad radica en la “hibridez de lenguajes”, como se apunta en una introducción que nos devela la biografía del autor y repara en los aspectos fundamentales para comprender la importancia de su obra. Continuer la lecture de Los amigos de Elena: un roman sur le Pérou du milieu du XIXe siècle

Margarita de Saigon: (2021): un poemario del peruano Marco Martos sobre Marguerite Duras

El poemario de Marco Martos es un emocionado homenaje a la escritora francesa Marguerite Duras, autora de una obra amplísima publicada en París en el segundo medio siglo XX.  La vida tumultuosa de Duras inspiró a la historiadora del feminismo francés Laure Adler. Con más de un parecido con Flora Tristán y con las hermanas Truel, la Duras rebelde y resistente a la que resucita Marco Martos, es: “misterio de la vida que fluye,/por todos los espacios, radiante flor”. Continuer la lecture de Margarita de Saigon: (2021): un poemario del peruano Marco Martos sobre Marguerite Duras

Entre ethnographie et fiction: récit sur l’Amazonie en 1898

José Torres Lara: Las mariposas blancas Episodios de la expedición a Iquitos La vía central y las cuestiones de Oriente

Lima, 2023, ed. MYL . ISBN: 9786125013316

Introducción Isabelle Tauzin-Castellanos

A inicios del siglo XX estalló el escándalo del Putumayo, la denuncia del genocidio en la prensa de Iquitos, en la precaria revista La Felpa, contra los barones del caucho, sus mayordomos inhumanos, la esclavización y torturas sufridas por la población nativa ante la inacción cómplice de las autoridades políticas.

Las mariposas blancas es una invitación a descubrir la narrativa de la Selva a partir de un texto olvidado que llega a incluir una primera versión de la leyenda aun tan viva y aterradora del Tunche, “con su cabellera flotante, vestida de blanco, en medio de un nimbo resplandeciente como un hada” (Las mariposas blancas, 1898; 33).

Un viaje a Nueva York en tiempos de guerra, por Ana Suarez (México)

Suárez, Ana, Un viaje a Nueva York en tiempos de guerra, México, 2023, Malix.

La historiadora del Instituto Mora, la doctora Ana Rosa Suarez Argüello se ha lanzado a una aventura peligrosa: dejando los archivos, pero con base en su gran conocimiento de las relaciones entre México y los Estados Unidos, publica una novela que reconstruye el drama que fue la guerra provocada por la invasión de México por los Estados Unidos en 1846.

La novela es todo un éxito. Bien construida, con una prosa literaria que se aparenta a la de Alejandro Dumas, Un viaje a Nueva York en tiempos de guerra empieza en Jalapa de donde sale la joven protagonista para evitar caer en las garras del general Santa Ana. El padre de la joven Juliana, un comerciante acaudalado, ha decidido enviar a su hija a un colegio religioso de Nueva York para ponerla a salvo y mejorar una instrucción imposible de completar en aquellos años 840 para una joven en México.

Alternan las voces de Juliana y de su primo Manuel como otras tantas cartas que se cruzan y no se contestan. Si bien en el convento Juliana se beneficia de la indulgencia y el cariño de Sister Louise, el socio estadounidense de Ignacio Ortiz encargado de pagar las cuotas del colegio, saca a la joven mexicana del colegio cuando ya no le llega el dinero y la emplea en su casa, junto con otra joven migrante de origen irlandés.

La novela representa las desigualdades que enfrenta Juliana en la casa que debería ampararla; ella se descubre “india”, desde la mirada de la señora de Miller. Juliana observa todos los prejuicios de la sociedad estadounidense como su primo que emprende el viaje por tierra desde Luisiana y contempla el trato inhumano aplicado a los esclavos con la conciencia tranquila de parte de los más de los estadounidenses.

El marco de la invasión estadounidense está omnipresente, porque los dos protagonistas, Juliana y Manuel, se hallan repentinamente en tierra enemiga y son susceptibles de ser considerados como espías. A ello se suma el enamoramiento de Juliana por un joven neoyorkino, el hijo de los Miller, que debe ir a combatir contra el ejército mexicano. La joven sirvienta irlandesa da a conocer a Juliana la otra cara de la realidad próspera de Nueva York, con sus tías y hermanitos sumidos en la mayor miseria.

La novela impacta por el destino de los personajes sumamente conmovedores y con los que nos identificamos gracias a la forma de diario. El viaje aludido en el título es a la vez el viaje por los Estados Unidos de Manuel, desde la mirada de un joven mulato, hijo ilegítimo y víctima de los prejuicios raciales en México; es también el viaje de los acompañantes de Manuel, la joven Nicole y su padrino español, cuyas identidades se van develando, que protegen al joven mexicano pronto a defender el honor de su patria en tierra enemiga.

La prosa de Ana Rosa Suarez Argüello no abunda en descripciones inútiles, sino que recrea mínimamente el entorno de la metrópoli neoyorquina y representa la segregación racial omnipresente. La lectura es palpitante hasta el desenlace inesperado que preferimos no descubrir para recomendar al lector mexicano Un viaje a Nueva York en tiempos de guerra, joya novelesca de una historiadora de talento, probable doble de la protagonista, amante de dos patrias.  

Débarcadère: un roman péruvien sur les années de violence 1980-2000

Débarcadère est la traduction de La Barca, un roman publié en 2007 au Pérou par Eduardo Huarag, spécialiste de littérature contemporaine. Le texte en espagnol a été l’objet d’une critique récente  par Juan Carlos Rojas Rúnsiman dans la revue en ligne L’autre Amérique en 2021. D’une technique narrative très maîtrisée, le roman d’Eduardo Huarag entrelace différentes strates de temps et divers points de vue formant à la fois une sorte de puzzle et un récit à suspense.

Un pan de l’histoire du Sentier Lumineux est représenté à travers les personnages centraux, Alejandra et Santiago. Les perceptions antagonistes offrent au lecteur un point de vue complexe et sans manichéisme sur le mouvement qui ruina le Pérou pendant les vingt dernières années du XXe siècle. La traduction de Marie-Madeleine Gladieu, spécialiste de littérature péruvienne, et d’Isabelle Dessommes, est parue en 2023, publiée par Arpents du sud. ISBN 978-2-9586037-1-7

Sur les anthologies poétiques dans le Pérou du XIXe siècle

Acerca de las antologías poéticas en el Perú del siglo XIX es un trabajo publicado por el fondo editorial de las universidades de Burdeos en Le phénomène anthologique en France editado por Nadine Ly y Geneviève Champeau, Bordeaux, 2000, PUB, pp. 189-201, en los balbuceos de la difusión académica por internet.
En este trabajo   asequible en línea, Isabelle Tauzin revisa  las antologías poéticas que fueron publicadas en el Perú a lo largo del siglo XIX, más precisamente entre 1853 y 1895, fechas que enmarcan aquellas ediciones.

La autora examina cómo se fue estructurando la reivindicación de lo nacional en la primera antología editada en 1853 y cómo luego se modificaron los criterios de selección en función de una estrategia por la que unos valoraran la literatura virreinal mientras que otros determinaron alentar la poesía contemporánea, o sea la romántica, caso de Ricardo Palma.

En total son  nueve las antologías a las que se remite  presentando el primer panorama exhaustivo sobre este tema gracias a la investigación de campo realizada en Lima: los libros de Manuel Corpancho, José Domingo Cortés, Ricardo Palma, José M. Gutiérrez…

Bibliografía consultada

1846: América poética colección escogida de composiciones en verso escritas por americanos en el presente siglo -parte lírica-, Valparaíso, imp. El Mercurio.
1853: Manuel Corpancho, Lira patriótica del Perú colección escojida [sic], Lima, imp. F. Velarde por J.M. Ureta, 88 págs.
1862: El Parnaso Peruano o Repertorio de Poesías nacionales antiguas y modernas precedidas del retrato y biografía de su autor. Colección hecha por José Toribio Polo, Lima, imp. La Epoca, 224 págs.
1862-1863: Flores del Nuevo Mundo. Tesoro del Parnaso americano, compilación de poesías líricas de autores del presente siglo, precedida de un discuros preliminar sobre la poesía lírica en la América latina y arreglada y escogida por Manuel Nicolás Corpancho, México: imp. V. García Torres.
1865: Lira americana, colección de poesías de los mejores poetas del Perú, Chile y Bolivia recopilados por D. Ricardo Palma, París, Rosa y Bouret.
1871: Cortés, José Domingo, Parnaso peruano, Valparaíso, Albión de Cox.
1873: Lira patriótica o colección escogida de poesías sobre asuntos patrióticos por Godofredo Corpancho, Lima, se, 78 págs.
1875: Cortés, José Domingo, América poética. Poesías selectas americanas con noticias biográficas de los autores coleccionadas por J.D. Cortés, París, lib. Bouret.,
1889: Lira arequipeña, colección de las más selectas poesías de los vates antiguos y modernos, prólogo de M. Valdivia, Arequipa, imp. Manuel P. Chaves, 643 págs.
1915: Parnaso Peruano ordenado por V. García Calderón, Barcelona, Maucci, 319 págs.

Atusparia

ATUSPARIA: UN PERSONAJE HISTORICO Y DOS VERSIONES DE UN DRAMA REGIONAL

Isabelle.Tauzin[at]u-bordeaux-montaigne.fr

Publicado en Théâtre et territoires, coord. Sarah Bonnardel, Presses Universitaires de Bordeaux, 1998,  pp.189-204

Una sublevación indígena tuvo lugar en 1885, en la región de Huaraz, en la sierra norperuana. El alzamiento había sido motivado por la cobranza de un nuevo impuesto y los abusos sufridos; durante dos meses, esta zona,  el Callejón de Huaylas ubicado entre la Cordillera Negra y la Cordillera Blanca, estuvo en manos de los insurrectos hasta que el ejército llegó a vencerlos ; curado de sus heridas, Atusparia fue recibido por el nuevo presidente de la república, el general Cáceres,  y al regresar a Huaraz Atusparia habría muerto envenenado por los otros alcaldes.


Los años 970’ fueron una época favorable para el teatro peruano. Entonces el Estado alentó la producción teatral creando el Instituto Nacional de Cultura y apoyando la formación del Teatro Nacional Popular entre cuyos objetivos estuvo la divulgación hacia barrios marginales y la realización de giras al interior del país. El gobierno del general Velasco se lanzó a una política de grandes reformas a favor del campesinado indígena, valorando simbólicamente la figura de Túpac Amaru, dos siglos después de la mayor revolución  que trastornó la sierra Sur del Perú.

En este contexto renovador nacieron dos dramas dedicados a otro caudillo indígena, Atusparia; en 1975 Juan Manuel Ugarte, conocido como escenógrafo  y pintor,   presentó al concurso organizado por el Instituto Nacional de Cultura La Rebelión de Atusparia; luego, en 1979, el cuentista Julio Ramón Ribeyro también escribió un drama titulado Atusparia. Ambos autores se inspiraban en una sublevación indígena ocurrida en 1885, en la región de Huaraz, en la sierra norperuana. El alzamiento había sido motivado por la cobranza de un nuevo impuesto y los abusos sufridos; durante dos meses, esta zona,  el Callejón de Huaylas ubicado entre la Cordillera Negra y la Cordillera Blanca, estuvo en manos de los insurrectos hasta que el ejército llegó a vencerlos ; curado de sus heridas, Atusparia fue recibido por el nuevo presidente de la república, el general Cáceres,  y al regresar a Huaraz Atusparia habría muerto envenenado por los otros alcaldes.  Hacia 1975 se había divulgado poca información sobre aquella revolución andina, la fuente más difundida era una biografía novelada publicada en 1929-1930 en la revista indigenista dirigida por Mariátegui, Amauta[1]. Atusparia no formaba parte de la Historia oficial, más interesada por los conflictos externos con Chile y Ecuador que con las guerras internas.   El propio Ribeyro contó que su interés por Atusparia había nacido del  nombre de aquel caudillo y de la escasez de información[2] sobre él. Pese al tema común resultaron muy distintos los enfoques de ambos dramas ; lo observaremos primero en la organización del espacio ; luego analizaré cómo tratan de resolver Ugarte y Ribeyro el reto del habla de los campesinos quechuas. Más adelante compararé las presentaciones del héroe de la sublevación  que desembocan en dos lecturas muy diferentes de la personalidad  de Atusparia.

  1. La organización del espacio

El espacio de La Rebelión de Atusparia, de Ugarte,  es definido con mucha precisión ; éstas son las didascalias del prólogo :

Escena: Antecasa de Atusparia en el predio de Marian, en el callejón de Huaylas, en las faldas del Huascarán. Pórtico rústico a la izquierda, un murete cierra el término.  Detrás la imponente mole  del Huascarán y la Cordillera Blanca. [3]

Gracias a los toponimos (Huascarán, callejón de Huaylas, Cordillera Blanca) Ugarte ubica el drama en el espacio peruano; las distancias reales entre el Huascarán, siempre nevado, y la ciudad de Huaráz son  abolidas para  impactar al público impresionado  primero por la blancura imponente del Huascarán.  Ugarte no se contenta con sugerir ;  fija y delimita todo el espacio escénico (“pórtico rústico a la izquierda”, “un murete cierra el término”). Tal pormenorización se explica por la experiencia como escenógrafo del dramaturgo,  no le deja ninguna libertad  a otro director; los mismos espectadores también pierden la posibilidad de dejarse llevar por la imaginación y están encerrados en un espacio completamente definido ; con tantos detalles desaparece para ellos la posibilidad de un distanciamiento. Este encierro se mantiene a lo largo de casi toda la obra, tanto más que predominarán los espacios interiores, descritos de modo exhaustivo. La realidad regional, huaracina desaparece a menudo por la imposición de un ámbito burgués, como es el caso de todo el primer acto:

Ambiente de burguesía adinerada provinciana; muebles de estilo isabelino, de ‘medallón’. Decoración de espejos, consolas, sillitas de “concha de perla”, cuadros de familia. [4]

Mediante los diálogos entre los notables reunidos en  la casa del prefecto es como el espectador se entera de las afrentas y malos tratos padecidos por una delegación de alcaldes indígenas encabezada por Atusparia. El segundo acto empieza también en un espacio interior, en el salón de la prefectura de Huaraz, ya tomada por los índigenas; los combates callejeros no son representados sino aludidos por los indígenas victoriosos. Luego el segundo cuadro de este acto traslada al público afuera gracias a  un “decorado lineal que presenta en silueta un rincón de la plaza de Huarás”(p. 61); el quinto cuadro del tercer acto también  transcurre fuera ya que Ugarte señala a modo de decorado “una breña de la cordillera” (p. 83). El autor es más explícito para el tercer cuadro del cuarto acto, ubicado en “la Plaza Mayor de Huarás”; entonces se celebran una serie de bailes con un alcance simbólico; Ugarte precisa :

La escena toma un ritmo de ballet en que se entremezcla el sabor folklórico real, propio de las procesiones andinas, con interpolaciones de bailetes alegóricos, no estrictamente usuales, pero manteniendo el sentido y los lineamientos mímico-irónicos, propios de las danzas folklóricas auténticas. […] No es un cuadro de costumbres, sino una alegoría intencionada.[5]

A continuación se dan cuatro “bailetes” que representan cuatro momentos de la historia nacional, “el Inca Cautivo”, “el Coloniaje”, “la Emancipación” y “la República”; un corifeo “glosa el significado” de cada danza. De esta forma se rompe el hilo dramático; el espectador pendiente de la suerte de los insurrectos asediados en Huaraz está sumido en otra realidad con el fin de preparar el desenlace y relacionarlo con una lectura de la historia del Perú, como sólo constituida de derrotas y traiciones. El intento de Ugarte es el de un teatro total, en que la palabra omnipresente hasta este cuadro deja el paso a  la mímica, es el momento más logrado de la obra; se explica probablemente por la práctica del autor como escenógrafo; pero llega muy tarde, después de que la casi totalidad del drama fuera ambientada en interiores burgueses ;  no puede hacer olvidar el desfase entre las loables intenciones del autor, su intento de “teatro nacional-popular […] para un auditorio masivo”[6],  y la reducción de este momento histórico a un melodrama burgués.

Como hombre de letras y no como hombre de teatro es como ha compuesto Ribeyro su drama, sin conocer el de Ugarte[7]. Mientras Ugarte abría el drama con la representación del espacio privado, el patio de la casa de Atusparia, Ribeyro da mucha relevancia desde el principio al espacio histórico de la sublevación;  la acción empieza  en un lugar de alcance simbólico, la fortaleza preincaica de Pumacayán, que vincula el drama del siglo pasado con el mitico pasado prehispánico. La acción ya ha comenzado cuando se alza el telón: a los preparativos guerreros asisten los espectadores con una vista desde lo alto, desde “una explanada en un promontorio que domina la ciudad de Huaraz “.

La oscuridad en que se ha de mantener el escenario favorece la  desnudez del espacio escénico. Ribeyro se esmera en precisar el alumbrado que ha de facilitar las mutaciones (“Noche. Una fogata”, cuadro 1; “un brasero”, cuadro 2; “No hay fogatas, pero sí faroles”, cuadro 8…). La penumbra reforzará la tensión dramática.  Los vastos espacios abiertos y exteriores mayoritarios (“explanada…”, “faldas de un cerro que domina Yungay”, “faldas de la Cordillera Negra”) dejan al público entera libertad para llenar el escenario con su imaginación.  De esta forma la lucha regional evocada con escasos medios técnicos no aparece como la expresión de un teatro localista y cerrado sobre sí mismo sino abierto. En Ribeyro la lucha de Atusparia consigue otra dimensión.

Sobre un total de quince cuadros[8] sólo tres corresponden a un ámbito interior -el espacio de la traición-, trasladando al público a lugares de la intimidad burguesa, al revés de la versión de Ugarte. Cuando la luz llena el escenario de Ribeyro son los momentos de balance después de la lucha encarnizada entre campesinos y soldados. El epílogo de la sublevación rompe con el predominio anterior de cuadros urbanos y semi-oscuros; después de presenciar la derrota y el encarcelamiento de Atusparia, se sorprende el público  con la representación de una “pradera de las afueras de Huaraz” bañada de luz: allí se dará el último almuerzo  de Atusparia[9].

La depuración de las didascalias, la economía de medios apuntan a un tipo de escenografía distinta de la de Ugarte; el Atusparia de Ribeyro se aparenta más a la  tragedia clásica que a una representación de teatro total; lo que corrobora Ribeyro en sus “observaciones preliminares” al dejar abierta la posibilidad de todo tipo de montaje [10] y al rechazar “un teatro puramente gestual o espectacular, en el cual más importante que el texto es la puesta en escena”[11] . Finalmente si Ribeyro y Ugarte enfocan de dos modos diferentes la revolución de Atusparia no presentan dos opciones opuestas en cuanto a la definición del lugar escénico. Deseosos ambos de divulgar aquella epopeya olvidada, han fijado cuidadosamente el marco geográfico del movimiento.

  1. El reto del idioma

Ahora bien para Ugarte como para Ribeyro no todo queda solucionado con la representación del Callejón de Huaylas    ; ambos se enfrentan al reto del idioma, al problema de la transcripción del quechua. ¿Cómo conseguir que el público limeño comprenda a los comuneros huaracinos ? Ugarte determinó que todos hablaran castellano, un castellano correcto para las autoridades y los notables y un español que pretendía  imitar el orden de la frase quechua para los insurrectos ; así empieza la obra con un comunero que se dirige a Atusparia :

Condorsenka: Taita Atusparia, los alcaldes del Callejón venimos para consejo pedirte y la voz de nuestros ayllos traerte. Tu palabra oir queremos, porque situación es grave y decisión tenemos que tomar[12].

La posposición sistemática del verbo en el caso de los campesinos y la supresión de los artículos le parecieron a Ugarte como las características idóneas para resolver este reto lingüístico ; en realidad, el efecto conseguido es desastroso : cansa al público y da una imagen negativa de los indígenas como seres atrasados, incapaces de expresarse con  nitidez. Un segundo rasgo es empleado para caracterizar el habla supuesta de los campesinos : es el uso de comparaciones elementales que han de traducir la proximidad del indio con la naturaleza:

Bailón: (en aparte con el grupo de los jefes indígenas) Taita obispo, pico florido es.

Guillén: Como a inocentes ovejitas, el vellón nos acaricia.

Orobio: Como zorro, con de cordero la piel, habla.[13]

Pero como se puede observar el efecto producido es una infantilización de los personajes, que parecen incapaces de abstraerse de la realidad más inmediata. En cuanto a las expresiones quechuas esparcidas a lo largo del drama y destinadas a cimentar el ambiente serrano ni llegan a diez y son muy conocidas; en este aspecto La Rebelión de Atusparia corresponde a un retroceso a las novelas indianistas del siglo pasado.

Julio Ramón Ribeyro, como escritor, se ha planteado un poco mejor el problema de la transcripción del habla indígena; Atusparia traduce sus dudas pues  Ribeyro  no se limita a un solo modelo de enunciación. En el primer cuadro, los comuneros se expresan con suma brevedad  posponiendo el verbo al final de la frase, mientras los ayudantes mestizos de Atusparia ordenan correctamente los sintagmas en la frase:

Granados: […] Que vengan armados con lo que puedan. Y tiene que ser antes de que amanezca.

Comunero: Así será, taita Granados. Mensaje llevo. Comuneros vendrán.[14]

Así es evitada la monotonía y falta de naturalidad que caracteriza la versión de Ugarte; pero en algunos casos cae Ribeyro en la misma trampa: es lo que ocurre cuando se presenta  Uchcu Pedro, el minero indígena a quien la Historia recuerda como un jefe bravo y cruel, le declara resuelto a Atusparia:

Siete hijos tengo, cacique, guaguas todavía y una chacra pequeña y una mujer joven que puede darme siete hijos más! Hijos míos no bajarán a socavón […] Indios algunas veces alzados, luchando… Jefe valiente como tú…A ayudarte he venido, a luchar por ti, por todos…[15]

La firmeza del personaje es tal que genera un curioso fenómeno de contaminación lingüística pues Atusparia, que es un mestizo,  contesta en el mismo tono, como llevado por el ímpetu de su interlocutor: “Joven no eres. Duras horas nos esperan.”[16] Luego Atusparia vuelve a expresarse en  el castellano pulido que usaba anteriormente mientras Ribeyro mantiene torpezas y tropiezos en boca de Uchcu para reforzar la imagen tradicional de un hombre fiero y tosco:

¡ Mal, mal, malo todo esto ! Cacique no comprende bien … Gente tampoco… Comuneros seguir luchando quieren, no abandonar…[17]

En el fondo, el traslado al castellano, a un castellano deformado, de la totalidad de los diálogos supuestamente en quechua, es una falla en ambos autores pues desaparece el arraigo andino de la sublevación y además infantiliza a los valerosos insurrectos. Aprovechando las enseñanzas de Arguedas, otros dramaturgos superarán el obstáculo de la transcripción del habla indígena, desistiendo de la aberración  de un español deforme para  incluir largos pasajes en quechua  obligando al público a una confrontación con la realidad nacional plurilingüe. El propio Ribeyro ha hecho en estos términos su autocrítica :

Cuando escribí Atusparia creí haber encontrado sino la solución por lo menos una solución pasable. Ahora me doy cuenta que no fue ni siquiera pasable. Creo que es absurdo hacer hablar a los personajes autóctonos o quechua-hablantes con una especie de lengua del piel roja del film del oeste.[18]

  1. Dos autores en busca de un héroe : Atusparia 

 Atusparia es tratado de modo muy diferente por ambos autores. El título de cada pieza es revelador:  Ribeyro escoge llanamente Atusparia recalcando su rol protagónico mientras que Ugarte, en vez de enfatizar el movimiento revolucionario huaracino, lo reduce a una mera rebelión. Esta dualidad de enfoques va a ser confirmada por la confrontación de los textos : en el drama de Ribeyro, Atusparia va a ocupar constantemente el escenario[19] ; el principio del primer cuadro crea una expectativa en el público gracias a un diálogo entre indígenas que ubica a Atusparia ; así nos enteramos del vejamen público sufrido por Atusparia de parte del prefecto[20] y del respeto que su valor inspira a los comuneros que lo llaman “taita Atusparia” o ” cacique Atusparia”. Es la víspera del enfrentamiento, Atusparia se expresa como un general antes de la batalla : se informa de los últimos preparativos y como estratega preve la forma de infundir miedo a los pobladores de Huaraz. Redentor de las comunidades indígenas, profetiza un nuevo orden : “El vaso se ha desbordado y de él caerá sobre Huaraz el fuego de nuestra cólera.”[21]. Recela del abogado mestizo que viene a ofrecerle sus servicios y que le será fiel contra viento y marea.

Al revés de la victoria  que espera el público, cuando empieza el tercer cuadro, el escenario revela la derrota militar del caudillo indígena : ha habido más de ochocientos muertos y numerosos heridos cruzan el escenario. Entonces Atusparia vuelve a aparecer y aclara las causas de su fracaso. Desamparado, el jefe de la revolución es asaltado por la duda y presa de la soledad ; de esta forma se convierte en un personaje de tragedia,  no es dueño de su destino y pide la ayuda de Dios[22] ; llega la salvación con Uchcu Pedro cuya dinamita resulta un arma providencial.

El enfoque de Ugarte es muy distinto.  En el prólogo  aparece enseguida Atusparia ; los alcaldes de las comunidades vecinas han acudido a su casa para concertarse frente a los abusos del prefecto ; él propone buscar primero un acuerdo con las autoridades y se expresa con moderación al contrario de Uchcu Pedro, ya presente y exaltado, Atusparia le contesta : “Venganza no buscamos, sino justicia queremos”[23].  La escena concluye con el reconocimiento unánime de Atusparia como autoridad por los demás alcaldes y para agradecer tal honor, éste dirige una oración  a la tierra y al  Huascarán, lo que agrega un  toque folklórico al cuadro ; ungido de luz por el amanecer, parece convertirse en un nuevo hijo del sol.

Ahora bien, sólo después de la toma de Huaraz se expresará de nuevo Atusparia, sin que el público presencie aquellos combates sangrientos subrayados por Ribeyro,  apenas se habrán oído algunos disparos, de modo que la dimensión épica es dejada de lado. Como hombre de razón, Atusparia hace entonces un discurso sobre la igualdad entre todos y acepta la rendición de los notables de la ciudad. Estos serán los verdaderos personajes del drama de Ugarte ; ya desde el reparto se podía observar que iban a ser más numerosos que los indígenas y efectivamente ellos son los que llevan un papel protagónico, pues no sólo se les dedica dos actos[24] sino que están omnipresentes a lo largo del drama. El fracaso de la sublevación de Atusparia no aparece como un hecho militar sino como una consecuencia de la manipulación de las masa indígenas por un abogado traidor de nombre sugerente, Raposo. Las discusiones políticas entre liberales y conservadores son enfatizadas mientras que los indígenas son incapaces de dar solos una dimensión política a su movimiento y necesitan para ello a un “misti”. La figura de Atusparia no es sino una coartada para escenificar el pánico de las autoridades en el momento de la sublevación. El epílogo trata de rescatar la participación indígena con una escena apoteósica en la que Atusparia se sacrifica a su pueblo ; muere como un inca, salvando así su imagen para las generaciones venideras :

Salen las pallas bailando un bailete de ritmo ritual. Toman a los indios acurrucados, los levantan y los llevan hasta la falda del Huascarán, formando con ellos una pirámide en cuyo vértice colocan a Atusparia, todos ellos tienen un hieratismo estatuario. Sale el sol radiante, simbolizando  la figura de un guerrero alado […].[25]

Ribeyro rechaza una escenificación fastuosa y aunque le da a Atusparia el mismo fin con que la leyenda lo ha consagrado, insiste en la extrema soledad del héroe, incomprendido por los demás indígenas que lo han sentenciado a muerte por traición. Como Cristo en la última cena,  entiende que el almuerzo al que ha sido convidado sella su muerte y termina aceptándola con heroicidad. Ensimismado acaba declarando : “Hombre doble soy y por eso hombre inseguro, débil, hombre perdido”[26].   El Atusparia de Ribeyro es así un héroe que se enfrenta a la duda existencial ; de esta forma se aísla Ribeyro al rechazar una recuperación ideológica y nacionalista del caudillo huaracino pero al mismo tiempo consigue darle una dimensión universal. El epilógo elegido es del todo opuesto a la versión de un indigenismo a ultranza, en tecnicolor escogida por Ugarte.

Cada autor percibe en la sublevación de Atusparia una dimensión mítica pero la interpreta de modo distinto; para Ugarte, Atusparia es un nuevo inca, para Ribeyro es la eterna soledad del hombre. Al pretender reconstruir con minucia el marco real de aquel drama regional, la versión de Ugarte encierra al público en un espacio demasiado estrecho; los indígenas se expresan en un idioma deforme y figuran seres inasequibles, incomprensibles, apegados a sus ancestrales costumbres y definitivamente condenados a la derrota. Ribeyro al contrario abre tanto  el espacio del drama que convierte a Atusparia en  un escéptico universal, hermano de otros héroes del cuentista peruano.

Las exigencias de Ugarte como escenógrafo así como sus fallas explican que La Rebelión de Atusparia no haya sido llevada al escenario. El drama de Ribeyro pudo conocer la misma suerte por ser un texto muy largo y con numerosos cuadros, muy alejado de la práctica teatral limeña, dominada además por las creaciones colectivas. El prestigio de Ribeyro como narrador   permitió que fuera representado en 1982 por el Teatro Nacional, dependencia del Instituto Nacional de Cultura, pero después de todo un proceso de adaptación llevado a cabo por el director Hernando Cortés[27] con el acuerdo del autor. Los distintos cuadros conformes al modelo del drama romántico fueron reemplazados por un escenario sintético en que desapareció la referencia al pasado prehispánico (la fortaleza de Pumacayán) y se recalcó la inminencia de la llegada del ejército represor[28]. Asimismo los diálogos fueron tijereteados por ser, según Cortés, repetitivos y demasiado explicativos. El resultado fue ambiguo pues si la crítica fue “hasta mala y a veces malévola”[29], Atusparia se mantuvo en la cartelera durante tres meses[30], con buena concurrencia de público. Puede que se explique este desfase por la profunda diferencia de enfoques entre autor y director : mientras Ribeyro instalado en París  se autodefinía como apátrida y recreaba la figura singular de un idealista vencido, Cortés como brechtiano y partidario de una lectura dialéctica materialista, veía en Atusparia  el responsable del fracaso de la revolución huaracina .

Finalmente, desde 1983, no se ha vuelto a representar el drama de Ribeyro. Un decenio de violencia ha transcurrido y empapado los argumentos de las creaciones teatrales. Con la vuelta a la paz, el teatro de autor parece tener ahora una nueva vitalidad a expensas de las producciones colectivas. Después de la muerte de Ribeyro, trágicamente se está redescubriendo su obra teatral : en 1995 se repuso en escena el primer drama de un rebelde que Ribeyro escribiera : Santiago el pajarero ;  para 1997, el Teatro Universitario de la Universidad de San Marcos  proyecta una reposición de la versión adaptada  de Atusparia[31] .

BIBLIOGRAFIA

ALBA HERRERA , C.Augusto: Atusparia y la revolución campesina de 1885 en Ancash , ed. Atusparia, Lima 1985 .

FORGUES, Roland: Palabra viva, t. III. Dramaturgos, ed. Studium Lima, 1988.

MORILLO, Emilio: La sublevación de Atusparia, ed.  La fragua, s/l, 1984.

RIBEYRO, Julio Ramón: Atusparia, ed. Rikchay, Lima,1981.

SALAZAR DEL ALCAZAR, Hugo: Teatro y violencia, una aproximación al teatro peruano de los 80’, ed. Jaime Campodónico, Lima, 1990.

 Textos de teatro peruano, n°3, diciembre de 1990, ed. INC, Lima. Incluye la primera obra de teatro de Julio Ramón Ribeyro: Santiago, el pajarero.

UGARTE ELESPURU, Juan Manuel: La rebelión de Atusparia, s/e, Lima 1982.

[1] Al acercarse el centenario de la sublevación de Atusparia y como consecuencia del creciente   interés de los historiadores por la historia social y regional en los años 1980 han salido varios trabajos que contradicen las versiones antes conocidas sobre el desenlace de la revolución huaracina. Para más información, véase la bibliografía al final.

[2] Ribeyro le declaró al crítico francés Roland Forgues: “Atusparia es un nombre raro y lindo y expresivo. El hecho de que incluye la palabra “paria” lo dota ya de una carga social y afectiva y hasta diría literaria. Aparte de esto porque nunca había oído hablar de este líder campesino ni de su revuelta, que fue tan importante y sangrienta. A Túpac Amaru todo el mundo lo conocía, pero a Atusparia no”, en  Palabra viva, t.III, p. 79

[3] La Rebelión de Atusparia, p. 27.

[4] Ibid. p. 34.

[5] Ibid.p. 100.

[6] Ibid. p. 16.

[7] En la entrevista ya citada, Ribeyro no alude en absoluto a Ugarte como fuente .

[8] En la entrevista ya citada, Ribeyro señaló su afición al teatro de Musset, inventor de la sucesión de cuadros del teatro romántico:

“Hugo es insoportable. Me gusta en cambio a Musset, sus Proverbios y piezas cortas y sobre todo Lorenzaccio, así como me encanta el teatro ligero de Labiche o Courteline.”

[9] Según Alba Herrera, la muerte de Atusparia hubiera ocurrido en 1887; la leyenda cuenta que fue envenenado por los comuneros. Véase Atusparia y la revolución campesina, pp. 178-179.

[10] J.R. Ribeyro apunta en las “Observaciones preliminares” a su Atusparia : “esta pieza deja margen para diversos tipos de montaje, según el gusto y los medios de que disponga el director. Un montaje ‘gran espectáculo’, de corte más bien verista, utilizando un decorado para cada cuadro y todos los figurantes que sean necesarios ; un ‘montaje intermedio’, gracias a un escenario transformable y una utilería funcional ; o un ‘montaje pobre’, sin decorados, basado en el juego de luces y en letreros que identifiquen el lugar de la acción” (p.17-18).

[11] J.R. Ribeyro: Atusparia, p. 17 .

[12] La Rebelión de Atusparia, p. 27.

[13] Ibid. p. 58.

[14]14 Ibid. p. 24

[15]  Ibid. p. 50

[16] Ibid. p. 51.

[17] Ibid. p. 89.

[18] Entrevista a R. Forgues, p. 82.

[19] Atusparia sale en once cuadros de un total de quince.

[20]  El prefecto ordenó que fueran cortadas las trenzas de los alcaldes que fueron a reclamar contra una medida injusta, cuando éstas  simbolizaban  su autoridad y prestigio para cada comunidad. Además Atusparia  fue azotado sin piedad.

[21] Atusparia, p  29.

[22]  Ribeyro insiste varias veces en la devoción de Atusparia, al contrario de Ugarte.

[23] La Rebelión de Atusparia, p. 30.

[24]  Después del prólogo, el primer acto es en la casa del prefecto y presenciamos la tertulia de sus invitados ; el tercer acto es en el mismo lugar y corresponde a la violación de la hija del prefecto por Raposo, el  zambo despreciado  por los notables.

[25] La Rebelión de Atusparia, p. 128.

[26] Atusparia, p. 138.

[27] Estas informaciones sobre el montaje me han sido proporcionadas por la profesora Esperanza Ruiz de la Universidad de San Marcos, que entrevistó  a Hernando Cortés para esta ponencia.

[28]  La puesta en escena presentaba varios lugares, recuerda Cortés : “Desde el foro al proscenio mediante un sistema de gradas aparecían : al fondo y a la derecha un bosque con las fuerzas del general Gallirgos. El bosque era de láminas de aluminio. Siempre al fondo y a la izquierda accidentes de terreno mediante pequeñas escaleras, lugar donde se acostaba, en un prado, Atusparia y donde se presenta por primera vez Uchcu Pedro. A esa altura y hacia el proscenio una rampa que ocupaba el centro, el lugar donde muere Atusparia. En el proscenio se localizan los centros urbanos : Huaraz y Yungay. A la derecha , lugar donde aparece herido en una pierna. Hacia la izquierda, prisión donde habla Atusparia con el teniente”.

[29] Lo recuerda Ribeyro a Forgues en Palabra viva, t. III, p. 84.

[30] De jueves a domingo, según testimonio de Cortés.

[31] Una tercera versión colectiva, distinta de la de Ugarte y de la de Ribeyro, fue presentada en los años 80’.

 

Retour à la mère-patrie, représentations de l’Espagne depuis l’Amérique de langue espagnole

Séminaire de Recherches Américanistes EA3656 Ameriber

Flor de Maria Mallqui Bravo (doctorante Université Bordeaux Montaigne Pontificia Universidad Católica del Perú, enseignante de littérature de la PUCP)

Vendredi 26 février 2021 :  Retour à la mère-patrie, représentations de l’Espagne depuis l’Amérique de langue espagnole.

“Retorno a la madre patria. Representaciones de España desde Hispanoamérica” est une recherche de Flor Mallqui Bravo à partir d’auteurs latino-américains qui ont voyagé en Europe au cours du XIXe siècle. Les exemples retenus sont tirés des écrits de José María Samper, Domingo F. Sarmiento, Juan Bustamante, Juan de Arona, Ricardo Palma, Manuel Gonzalez Prada, Clorinda Matto de Turner et Rubén Darío. L’auteur le moins connu au plan international est Juan Bustamante, métis de Puno, qui connut un destin tragique à l’occasion d’un soulèvement populaire. Bustamante avait réalisé deux voyages en Europe, dont l’un au moment de la Révolution de 1848, et publié le récit de ses voyages. Sarmiento, auteur de Viajes por Europa, África y América (en plus de son Facundo. Civilización y barbarie) dès 1849, interprète la situation espagnole comme décadente.  Le Moyen-Orient est alors une destination pour les voyageurs hispano-américains, comme Pedro Paz Soldán (Juan de Arona) après Juan Bustamante qui a exploré aussi les bas-fonds parisiens, et témoigné des inégalités dans le vieux monde, en constatant que ce continent ne peut prétendre donner des leçons aux jeunes républiques.

Palma et Matto arrivent en Europe beaucoup plus tard, en 1892 et en 1908 respectivement, comme représentants du gouvernement péruvien pour l’un et du gouvernement argentin pour l’autre. Tous deux rapportent le sentiment d’une Espagne archaïque –celle-là même que décrivait Manuel Gonzalez Prada- en même temps qu’ils désacralisent Paris, tout comme Rubén Darío qui, selon les mots de Flor Mallqui Bravo, dénonce l’impérialisme culturel français, en même temps qu’il serait nécessaire de soutenir la péninsule pour inverser la situation désastreuse de la péninsule ibérique  après 1898.

Flores y colores en Manuel Gonzalez Prada

Conférence présentée le 5 novembre 2020 à l’occasion du colloque Manuel Gonzalez Prada, la lira rebelde y la patria feroz, enregistrée sur Youtube: Flores y colores…

La prosa de Prada desborda de imágenes inesperadas que apoyan las ideas y han dado lugar a la imitación de un estilo que Prada cuidaba muchísimo como lo comprueban las correcciones en sus Pájinas libres.

A la riqueza léxica además se sumaba la variación rítmica capaz de conquistar la atención , aun cuando entregara a otro la lectura de sus escritos. Prada se apasionó tempranamente – antes de la guerra con Chile- por la poesía francesa medieval, romántica o parnasiana.

Al comprobar la imposibilidad de conciliar públicamente acción política y creación poética en una sociedad que condenaba el artista al desprecio –recuérdese “El rey burgués” de Darío, desistió de los proyectos innovadores más visibles, como simplificar la ortografía española adaptándola al habla, o introducir ritmos procedentes de otras tradiciones literarias que la hispánica…

LOS ROMÁNTICOS PERUANOS Y PARÍS: LUIS BENJAMÍN CISNEROS, PEDRO PAZ SOLDÁN Y UNÁNUE, RICARDO PALMA

Autora: Isabelle Tauzin-Castellanos Université Bordeaux Montaigne Texto  publicado en 1998 en francés  en  París y el mundo ibérico e iberoamericano, Paris,  Université Paris X Nanterre, págs. 231-242.

Traducción 2020

Los recuerdos de Ricardo Palma:

De 1848 a 1860 se desarrolló en el Perú la filoxera literaria, o sea pasión febril por la literatura.     [ … ] Nosotros, los de la nueva generación, arrastrados por lo novedoso del libérrimo romanticismo, en boga a la sazón, desdeñábamos todo lo que a clasicismo apestara, y nos dábamos un hartazgo de Hugo y Byron, Espronceda, García Tassara y Enrique Gil[1]

ponen en tela de juicio los tópicos de la historia literaria peruana que sitúan mucho más tarde al movimiento romántico [2] y que ubican al realismo después de la Guerra del Pacífico. Un denominador común reúne a los miembros de esta generación: en los años 1860 efectúan un viaje a París. ¿Se trata de algo simplemente anecdótico? ¿Fue una etapa que repercutió en sus obras? ¿Impulsó el romanticismo o más bien abrió otras perspectivas? ¿Qué significó descubrir París? Para saberlo, intentaremos seguir los pasos de tres escritores peruanos del siglo XIX: Luis Benjamín Cisneros, que vivió doce años en Francia, Juan de Arona y Ricardo Palma que permanecieron menos tiempo.

I. Luis Benjamín Cisneros: de la revolución al reformismo

 

Luis Benjamín Cisneros fue el arquetipo del joven rebelde. Para premiar su compromiso político[3], Ramón Castilla, Presidente de la República lo integró, cuando sólo tenía dieciocho años, a la carrera diplomática. El cambio de rumbo del gobierno, que se convirtió en conservador, y unos amores desafortunados[4] llevaron al joven escritor a que abandonara al Perú. En enero de 1860, con veintidós años cumplidos, Cisneros llega a París. Durante largos años va a mantener una correspondencia con un amigo muy cercano, el médico José Casimiro Ulloa, y es gracias a estas cartas parcialmente  publicadas que podemos conocer sus vivencias parisinas[5].

En la primera carta a Casimiro Ulloa, la expresión de los sentimientos es preponderante: Cisneros siente una profunda tristeza en medio de una ciudad desconocida.  Echa de menos al amigo que está lejos. Desamparado consagra “interminables horas a la meditación [6]”, fórmula típicamente romántica. París le  produce un cambio de personalidad sometido como está a “tantas tentaciones” obligándolo a transformar “sus costumbres y carácter” para vivir en la “austeridad” y restringir sus gastos. Por suerte, termina adaptándose a su nueva vida y puede sobrellevar  la soledad con el trabajo.

En las primeras impresiones París aparece como la capital del saber. Al mejorar su dominio del francés, Benjamín Cisneros se alegra de asistir a los cursos dictados en el Colegio de Francia y en la Sorbona. Todos los días acude no sólo a las clases  de filosofía e historia que le recomendó su amigo sino que también se enriquece en otros dominios, sobre todo en derecho y literatura. En más de un momento se deja llevar por el entusiasmo: “Yo asisto a todas las conferencias como si fuera a una fiesta. Los primeros días estaba encantado en un nuevo mundo”.

Se puede tener la impresión que en París la cultura está al alcance de todos. Pero la cultura a la que accede Cisneros, sin ponerla en tela de juicio, es la cultura oficial, o académica. La literatura está a cargo del crítico universitario Saint-Marc Girardin que “azota la literatura de su época, presentando a los románticos como perniciosos materialistas”[7] y sobre todo confunde la ética con la estética. Para Saint-Marc Girardin, la moral ha de tener un papel preponderante en la creación literaria. Ese enfoque es el que Cisneros va a imponer en su primera novela, Julia o escenas de la vida en Lima [8]. Todo lo que tiene que ver con las novedades literarias y con la eclosión de una nueva escuela poética es altivamente ignorado por la Sorbona y no halla eco en las cartas de Cisneros. Los autores que descubre en París son los poetas grecorromanos y los santos varones de la Iglesia[9]. Estas dudas metafísicas quedan momentáneamente de lado cuando llega a París José Gálvez, líder de los liberales peruanos y objeto de la admiración de Cisneros desde la adolescencia. La religión impregnará luego su poesía, singularizándolo en medio de una generación anticlerical.

Al cabo de un año, la capital de Francia es celebrada como “el centro del amor a la ciencia a al trabajo”[10] y nuestro autor parece haber superado las penas de amor gracias a su devoción por el estudio, “ese amor que nunca antes se había desarrollado tanto en mí”. Como contraparte a este acceso a la cultura y su integración a la vida parisina, Cisneros censura la cultura en el Perú: “son muy grandes la ignorancia, la negligencia, la pobreza de ciencia y la insolente presunción con que nos educamos y vivimos en el Perú”[11].

París, capital del saber, aparece también como el lugar donde es factible imprimir una obra literaria ya que siete meses después de llegar,  Cisneros está por publicar su primera novela, lo que significa un gran salto ya que en Lima, ni siquiera la obra que le había valido los favores del Presidente Castilla había llegado a ser editada.

Julia ve la luz en marzo de 1861 y Cisneros envía varios ejemplares al Perú. Entre las consecuencias negativas de esa edición francesa está el  que la novela  fue poco leída y no  tuvo el papel protagónico que le correspondía. Sólo después de ser publicada en el Perú en 1886, se valoró Julia, y la narrativa se desarrolló en los 80 especialmente gracias a las escritoras Mercedes Cabello de Carbonera, Teresa González de Fanning y Clorinda Matto de Turner. 

Una vez disipada la legítima satisfacción de verse publicado, el silencio de sus amigos lo mueve a dudar de su porvenir literario. Sumido en la incertidumbre, decide reanudar la carrera diplomática, por lo que acepta un puesto como encargado de negocios en El Havre, el puerto francés de donde salen muchos vapores a América y adonde llegan los cargamentos de guano. Dos años más tarde, confía al mismo editor parisino su segunda novela “Edgardo”, que aparece en 1864. Su estadía en la capital de Francia le permite, como a tantos otros escritores, adquirir una estatura y una legitimidad como escritor. Sin embargo, su situación financiera dista mucho de la prosperidad en la que viven los autores de novelas folletinescas franceses. En una carta a Casimiro Ulloa fechada 1 de abril de  1864, Cisneros se lamenta de las magras ganancias recibidas por sus novelas:

Rosa y Bouret aflojaron al fin, pero poco, trescientos francos. Es cierto que si trabajo bastante, tendré más, pues me lo han ofrecido. Te mandaré veinte ejemplares para que me los hagas vender [12].

Cuando publica Edgardo,  Cisneros ya no es el joven extranjero que acababa de llegar a Francia y dedicaba todo su tiempo a los estudios. Ahora ha llegado a integrarse a la vida europea y su correspondencia refleja su interés por la política. Observa los proyectos franceses de expansión colonial y la gran tensión que existe entre los estados europeos, tan imperfectos como las repúblicas hispanoamericanas. Triste, termina por expresar su desilusión: “hay un error fundamental en todas nuestras creencias políticas. El mundo no es tan civilizado como pensamos”[13]. Como espectador de la intervención francesa en México, Cisneros se entrevista con José Gálvez que defiende los intereses de Benito Juárez, y está seguro de que aquella invasión sólo es un comienzo:

Necesario es ser muy optimista para creer que la intervención que hoy se lleva a México no se extenderá a un país rico y codiciado como el Perú. La idea existe. España la alimenta. Francia la acaricia y medita en el partido que puede sacar. […] Un poco más de carbón en las máquinas de vapor, y la intervención dará la vuelta al Cabo de Hornos [14].

Alejado de Lima, nuestro autor ha terminado por perder su fervor revolucionario, el pragmatismo y la amargura han remplazado a la virulencia y el compromiso juvenil. Después de haber sentido el tedio y la soledad en El Havre, no tiene escrúpulos al volver al París de las recepciones imperiales  donde llevado por algo que califica de “deseo artístico” termina por asistir a uno de esos bailes de gala que ofrece el emperador Napoleón III en el palacio de las Tullerías. Mejor informado de lo que ocurre en París que de los sucesos del Perú, comenta la oposición que empieza a nacer en las aldeas francesas contra el emperador, considerado como culpable del debilitamiento del poder terrenal del Papa. Como buen católico, Cisneros prefiere dejar en silencio algunos aspectos de este tema candente.

A partir de 1864, las cartas se centran en la agresión española contra el Perú. El aislamiento, el sentimiento de ser incomprendidos prevalecen en un primer momento [15]. Luego se forja la unidad entre los peruanos instalados en París, cuando el coronel M.I. Prado toma el poder en Lima y declara la guerra a España: “Aquí todo el mundo aplaude a las reformas de la dictadura” (Obras completas, t. 2, 1939, 436).  Cisneros participa como mediador en Madrid, pero en vano. La victoria del 2 de mayo de 1866 es celebrada con alegría; el escritor expresa su felicidad de patriota ante la derrota del expansionismo europeo:

Acabamos de ganar un noventa por ciento en la consideración de la Europa. Ya saben las que se llaman grandes potencias que están unidos todos los países de la América española y que sabemos y podemos defendernos. El 2 de mayo, puede, en mi concepto, marcar una nueva era de consideración exterior y de regeneración interior [16].

Confiando en el porvenir del Perú, Cisneros va a dedicarse de ahora en adelante al consulado en El Havre, un puesto imprescindible por el comercio del guano y del salitre. Cisneros se aleja definitivamente  de Francia en 1872; el diplomático y el hombre de negocios han terminado por desplazar al poeta. El presidente Manuel Pardo le nombra inspector de instrucción; en los mismos años 70, pasa a ser gerente del Banco de Lima y participa en la administración del salitre en vísperas de la guerra del Pacífico.

¿Qué influencia tuvo aquella larga estadía en París en la obra literaria de Cisneros? Vamos a intentar ubicarla comparando sus dos novelas publicadas, una a unos meses de su llegada, Julia y la otra, Edgardo, tres años más tarde. La vida parisina no parece haber tenido un efecto positivo en la creación del autor. En Julia, redactada sobre todo en el Perú, las pocas referencias a París probablemente fueron agregadas durante el último período de la redacción. El personaje central, joven abogado de escasa fortuna que estudió durante tres años en París, presenta muchas similitudes con el autor. Siente una gran admiración por Lamartine y evoca un cuadro de Rafael que lo embelesa en la capital francesa. Son detalles nimios, pero, tres años más tarde, en Edgardo, las referencias directas a París han desaparecido y el héroe tiene toda una cultura literaria hispánica y romántica:

Edgardo leyó o para decir mejor, recorrió lo que leen todas las almas jóvenes de su generación. Las robustas estrofas y las bellas fantasías  de Espronceda, las románticas leyendas de Zorrilla, desaliñado pero simpático trovador de dos mundos, las páginas coloridas y por instantes dulcísimas de la América poética, ramillete formado con las primeras y más bellas flores de un mundo virgen; las armonías sentimentales y sublimes de los poetas franceses modernos, en cuya lengua procuraba iniciarse pasaron por su espíritu [17].

Además, en Julia, el narrador se dedica a condenar los vicios que paralizan a la sociedad limeña: el contrabando, los juegos de azar, el lujo son denunciados y Lima aparece como una ciudad rica, devorada por la corrupción de los limeños. Estas críticas corresponden con el compromiso político de Cisneros; apunta en 1858: “Escribiré  algo proclamando una candidatura sin partido activo, sin reuniones asalariadas y turbulentas, pacíficas, tolerantes y de los hombres de bien[18]”, aunque bajan de un tono en la segunda novela.

Vista desde lejos, Lima ya no es una capital opulenta sino una ciudad donde campea la miseria: la pobreza está omnipresente en Edgardo, pobreza de los personajes y miseria de la ciudad, cuyas calles no tienen nombre y en la que desfila gente pobremente vestida. Deslumbrado por el fasto y las recepciones del emperador francés, Cisneros va olvidando los encantos de su ciudad y se abstiene de describirla. La poetización del paisaje, tan frecuente en la escritura romántica, está ausente en Edgardo.

En los capítulos finales aparece una orientación política, acorde con la evolución política del autor: Edgardo es un joven obsesionado con la salvación del Perú: “la patria era su religión[19]” de tal modo que muere como víctima inútil y anónima en la lucha de 1854, entre los generales Castilla y Echenique. El idealista Cisneros se ha convertido en un reformista cuyas ideas coinciden en adelante con el ideario civilista: 

Edgardo le habló de […] propios y vastos proyectos sobre la educación intelectual de la clase india y sobre la creación de poderosos centros de industria en el Perú [20].

No hay nada que esperar de una revolución en el Perú. Este mensaje político adquiere tanta importancia que se impone a toda dimensión estética: el trabajo estilístico puesto en obra en Julia, que resulta tan fecundo ha sido abandonado, la escritura de Edgardo es particularmente llana, sin duda el precio que tuvo que pagar por el alejamiento del país y la ruptura lingüística prolongada. En París, en medio del mundo de los negocios, Cisneros ha dejado de ser un romántico idealista para convertirse en un hombre práctico, aunque seguirá escribiendo poemas.

 

2. Juan de Arona: un espíritu abierto al mundo

 

La experiencia parisina de Cisneros es única. Tiene muy pocos puntos en común con la estadía que efectúa en la misma época (diciembre 1859 – junio 1861) uno de sus compatriotas, Pedro Paz Soldán y Unánue, más conocido como Juan de Arona. Tiene justo veinte años cuando va a Francia para reunirse con su hermano. Forma parte de una rica e ilustre familia de hacendados, pero no cuenta con el prestigio literario de Cisneros aunque ha publicado algunos poemas en los periódicos de Lima. Después de su estadía en Europa se consagra a la literatura. Sus experiencias en París son descritas en sus memorias [21] editadas tardíamente en la prensa de Lima. Se trata pues de un testimonio retrospectivo, que se dirige a un vasto público y que va a servirnos como fuente, un testimonio como el de Cisneros, parcial pero instructivo.

Arona ofrece a sus lectores informaciones precisas, indica en qué lugares vivió, no en el Barrio Latino, como Cisneros, sino en Faubourg Poissonniere, un barrio en plena transformación por las obras del prefecto Haussmann. Arona se aleja así de la vida estudiantil para acercarse más a la ciudad, que para él es una mezcla de modernidad y de insalubridad. “Hay en París muchas calles angostas desaseadas, solitarias y sin acera, siendo lo más brillante los Bulevares, inmensas calles llenas de gente, de carruajes, de animación y de alegría” [22]. Los parisinos son descritos de manera ambivalente, al mismo tiempo avaros [23] e hipócritas [24], activos y eficientes [25], pero también víctimas de la civilización:

Mas por tanto estudiar la comodidad del hombre, esta civilización acaba por privarlo de todas sus facultades, convirtiéndolo en autómata que lo espera todo de la mecánica. Si hace un viaje, lo encaja en un coche como un fardo numerado y registrado [26].

Estas características aparecen en oposición natural a la de los limeños generosos, francos e indolentes…  Arona aprecia sobre todo la eficacia de los servicios [27]. Gran censor del Perú, escribirá más tarde un soneto intitulado “Pierde al Perú la pereza”.

A la edad de veinte años, Arona fue enviado a París para cultivarse y, en efecto, enumera las enseñanzas que recibe, en la Sorbona y en el Colegio de Francia. Es víctima de la misma fiebre estudiosa que Cisneros: “Por dos años permanezco en París, y en ellos se desarrolla en mí un extraordinario ardor por aprender”[28]. Sin embargo, tiene una mirada crítica que le permite observar que sus grandes maestros “al pronunciar por casualidad [el nombre de Lamartine] parecen estar haciendo una reverencia”[29].  El modelo no es para Arona un profesor de literatura, como en el caso de Cisneros, sino Geoffroy Saint-Hilaire, un naturalista al que no pudo conocer ya que murió en 1844, pero que dejó su impronta en el museo de historia natural de París. Al mismo tiempo, Paz Soldán es muy sensible a la presencia de la naturaleza en la ciudad, un tema ausente de las cartas de Cisneros. Arona sabe apreciar el más mínimo indicio de vida en el espacio urbano;  un arbusto desconocido en el Perú, aparece descrito con encanto:  

Las rojas bayas del acebo (houx) comenzaban a resaltar entre las puntiagudas y amarfiladas hojas de eses interesante arbusto de los Campos Elíseos [30].

Al mismo tiempo, Arona se complace al oír en su ventana el canto de aves y opone aquella felicidad campestre y ordenada a una imagen negativa del espacio americano, sobre todo el de Lima:

En la Virgen América no se goza de la naturaleza sino corriendo el albur de los ladrones, los mosquitos y otras plagas en medio de los despoblados. Parece que una de las condiciones de la civilización fuera el hermanarse con la naturaleza. En los centros populares de París y de Londres, por ejemplo, es más fácil vivir entre árboles y pájaros, que en los mismos arrabales de Lima que no participan del campo sino porque participan de los muladares [31].

Mientras que para Cisneros el tiempo parece transcurrir sin sobresaltos, para Juan de Arona es fundamental sentir y apreciar  el cambio de estaciones ya que piensa que es la clave de la escritura poética europea, una escritura que no está determinada por la exageración ni por imágenes idealizadoras, sino simple y llanamente  por la imitación de la realidad:

[Ante el invierno] se comprende de que no eran exagerados ni inverosímiles o puramente poéticas las descripciones que leímos en América, de poetas y novelistas europeos, y sobre las cuales se echan como galgos los nuestros, creyendo que ésa es la poesía cuando no es más que la verdad […] Estos son los cuadros que fecundan la imaginación de los poetas y moralistas del Sena [32].

 

Esta lección de realismo es aplicada al pie de la letra por Juan de Arona en su primera compilación de poemas. A pesar del título eminentemente romántico, Ruinas, el joven autor incluye un extenso poema que tiene como tema un viaje a caballo a través del desierto, teóricamente a-poético que separa Lima de Lurín. Juan de Arona,  atento al más mínimo detalle, sigue los pasos de Andrés Bello, justo cuando en París se imponen los Realistas y los Parnasianos, convirtiéndose así en el cantor de los mínimos detalles de la  naturaleza de la costa peruana.

Por ser un hombre abierto a la luz del mundo no vive recluido en una habitación ni se deja desbordar por el estudio; acude tres veces por semana a un gimnasio donde se inicia a la nueva moda del deporte. No se trata de un hombre frívolo sino de un hombre impulsado por la curiosidad. Para él, París es también el templo de los libros ya que descubre en la capital el placer de buscar obras en numerosas librerías. Esta riqueza que no existe en Lima hace de él un bibliófilo:

La bibliofilia, placer desconocido para mí hasta entonces que leía, mas sin hacer caso del libro, viene asimismo a ofrecerme sus absorbentes encantos […] Emprendo verdaderas excursiones por las librerías de los bulevares, por las de los Pasajes, por las del Barrio Latino, por las de los Quais o malecones a lo largo del Sena, y hasta por los remates públicos de libros [33].

Juan de Arona cultiva muchas amistades en París, viaja a España con el general boliviano Belzú y es presentado por el historiador chileno Vicuña Mackenna a varias notabilidades. Conoce a un miembro del Institut que se interesa por su abuelo Hipólito Unánue y habla de poesía con José Echegaray, de paso como ingeniero en París, frecuenta igualmente a un primo de Fernán Caballero, a quien va a citar repetidamente en su Diccionario de Peruanismos. Para Juan de Arona, la capital de Francia es un lugar para conocer a otras personas, contrariamente a Cisneros, no se limita sólo a un círculo de compatriotas y se interesa muy poco por la política francesa.

 Si, como Cisneros, Juan de Arona no llega a evocar de manera precisa las nuevas orientaciones de la poesía o de la prosa francesa, en cambio frecuenta asiduamente los teatros parisinos, donde puede asistir a la representación de las obras de Dumas Hijo (Le demi-monde, Le fils naturel, Un pere prodigue) y ver con deleite en los teatros Odeón y Comedia Francesa, los grandes clásicos; hace también el elogio de Scribe y del teatro del Imperio, aunque condena el teatro de las Variedades  por su frivolidad. Esta experiencia teatral no hará  de Juan de Arona un dramaturgo pero sí un crítico de teatro severo que animará una escrupulosa crónica de espectáculos en los años 1890.

Como el autor de Julia, Juan de Arona aprovecha su estadía en París para publicar una primera antología poética de cuatrocientas páginas que reúne textos escritos desde 1853. En este momento toma sus distancias frente a los románticos franceses en un arte poético que tiene como fecha agosto de 1860, llamado “Independencia”:

Horacio, Juvenal, Boileau, Racine / Y también Víctor Hugo y Lamartine/ Yo os tributo homenaje,/ Yo me deleito en los escritos vuestros […]/aunque en el ansia de igualaros hiervo/ Mi independencia y libertad conservo/Prefiriendo un desbarro/A caminar abyecto como un siervo/ Atado a vuestro carro [34]

En “Los poetas”, fustiga a la poesía reducida a la mera expresión de los sentimientos: “Ya no hay poesía /donde no halle las vulgares frases: Mi melancolía,/ Mis lágrimas /mis incurables penas”[35] .

 

Estas declaraciones se oponen frontalmente al juicio expresado por un crítico peruano que veía en Juan de Arona al “símbolo o síntesis de un romanticismo integral”[36].  En nuestra opinión, la experiencia parisina aleja al joven Juan de Arona de los esquemas literarios que estaban en boga en Lima para hacerlo volver a los grandes clásicos. Por eso, va a dedicar gran parte de su obra a la traducción de Lucrecio y Virgilio. Impregnado también por la poesía del Siglo de Oro, va a darnos una imagen de su tierra natal llena de la serenidad de Fray Luis de León y Góngora[37] le servirá de modelo cuando a la manera del náufrago de las Soledades evoque las maravillas secretas de la naturaleza, entre Lima y el oasis de Lurín :

¡Cuánto allí que halagara el apetito! /La blanca leche allí no adulterada,/ el blanco queso que en delgadas hebras/ en su dormida superficie nada!/de pescar acabado/ a mar sabiendo aun fresco pescado/ el ají  y el tomate/ émulos del carbunclo y del granate [38]

La consecuencia final de la estadía en París de Juan de Arona,  impactado para siempre por la rica experiencia que adquirió, fue la de modificar la imagen del Perú, de Lima y los limeños al punto de convertirle de ahora en adelante en un misántropo que fustiga sin piedad a la sociedad, incluyendo en su acerva crítica a los poetas de su generación:

Y ¡Oh aquellos dichosos que aun te miran/ y que en tu gracia se inspiran! / y ¡Oh venturoso tú suave y blando Fernández Trinidad, febril poeta/ […] Y tú Quiroz, Angelical Fernando,/ y tú Carlos Augusto Salaverry. / ¡Trio envidiable! ¡Trinidad dichosa! / ¡Triunvirato feliz, que así vegetas, / con la cola que sigue/ de buenos y de pésimos poetas,/ gloria y peste de Lima […] [39]

Esta actitud crítica fue sancionada con el olvido. La  obra poética de Juan de Arona ha sido soslayada hasta el siglo XXI en beneficio de su trabajo como lexicógrafo.  

 

3. Ricardo Palma: el fin de la ilusión romántica

 

La estadía de Ricardo Palma en Francia fue mucho más breve que la de Juan de Arona. Tenía  treinta y un años, era un escritor reconocido y había  vivido tres años en exilio en Chile por participar en un atentado contra Ramón Castilla. Además,  acababa  de publicar una novedosa obra, Anales de la Inquisición, cuando en el segundo semestre de 1864 llegó a París. Los pocos meses que pasó en Francia no llegaron a inspirarlo y, sólo consultando diversas fuentes se puede seguir el recorrido del autor de las Tradiciones peruanas.

Palma se interesa por los grandes nombres del romanticismo francés. Admirador de Lamartine, no duda en bautizar Armonías su segunda antología de poemas[40]. Pero su encuentro con el poeta francés fue una gran decepción:

 

Cediendo a petulante empeño mío, mi amigo, el poeta argentino Hilario Ascasubi me llevó en París, a casa de Lamartine, a pesar de que estaba yo aún en plena mocedad, no experimenté emoción igual a la que ante Zorrilla sentía. En Lamartine, el hombre me desencantó a los cinco minutos. Me pareció un simple mortal, con levita negra y corbata de seda, uno de tantos que pasean el bulevar de la Magdalena. No correspondió a mi ideal, lo confieso [41].

Palma acude también como otros tantos peregrinos  a la tumba de Musset pero terminará por eliminar de una de sus tradiciones una alusión que hizo en 1866 al poeta francés, en un gesto de negación significativo [42]. Palma había traducido en 1860 “La consciencia” sacado de la Leyenda de los siglos, el poemario épico recién publicado pero no pudo entrevistarse con  Víctor Hugo ya que por ser el gran adversario de Napoleón III, el vate francés estaba en exilio en la isla inglesa de Guernesey.

Estas frustraciones se compensan con la realización de dos importantes publicaciones: además de Harmonías, Palma hace publicar  una antología voluminosa y finamente editada, la Lira americana que reúne poemas de autores peruanos, bolivianos y chilenos. Tiene la suerte de vincularse con otros escritores suramericanos que están en París. Uno de ellos es el crítico colombiano Torres Caicedo que redacta el prefacio de su antología de poemas. Frecuenta también al poeta argentino Hilario Ascasubi, uno de los precursores de la poesía gauchesca y conoce al poeta Gonçalves Dias, gran pintor del paisaje brasileño que le revela la poesía de Heine[43]. Palma encuentra también a políticos famosos, está en contacto con Pedro Gálvez, y con gran emoción, visita al antiguo presidente Santa Cruz, el artífice de la Confederación Peruano boliviana. La estadía de Ricardo Palma en Paris concluye de golpe   ante la amenaza militar  española que se cierne sobre el Perú  y acelera el retorno a América.

La consecuencia de estas decepciones literarias  tal vez sea la razón que lo llevó a renunciar definitivamente al romanticismo, tan evidente en las primeras tradiciones ya que a partir de aquel momento se dedicó a burlarse de los temas románticos[44] adoptando el ejemplo de los grandes prosistas españoles.

***

De manera global, y en completa contradicción con la versión vehiculada por la historia literaria, es evidente que la estadía en París de los tres escritores peruanos  marca el fin de su producción romántica [45]. La confrontación con la realidad se trajo abajo toda ilusión lírica, pues en el centro mismo de la Europa colonialista, descubrieron una ciudad en plena mutación. Esta imagen de la modernidad condujo a Cisneros a desvalorizar a Lima, Juan de Arona y Ricardo Palma desarrollaron su amor por  América  y se liberaron de la admiración por los modelos literarios europeos.

PDF LOS ROMANTICOS PERUANOS Y PARIS

[1] Ricardo Palma,  La bohemia de mi tiempo, Lima, 1971, Bendezú, 7-9.

[2] Washington Delgado apunta : “ Nuestro romanticismo aparece tardíamente y se desarrolla después de 1850; en cambio duró un tiempo apreciable: hasta la guerra del Pacífico en 1879, y aún algo después”, en Historia de la literatura republicana, Lima, 1984, Rikchay, 59

[3] Luis Benjamín Cisneros ya había escrito una obra dramática titulada El pabellón peruano en el que apoyaba la revolución liberal de Castilla contra Echenique. El poeta publicó una versión menos comprometida de la obra teatral en De libres alas, Lima, sf, Rosay. El filólogo Luis Jaime Cisneros me regaló un ejemplar de la obra de su antepasado al visitarle a finales del siglo XX.

[4] El poema más notable de Benjamín Cisneros “Aurora Amor” parece ser el eco de esa experiencia personal. Incluye un largo diálogo entre una madre ejemplar y el hijo culpable de amores ilícitos:

“Aún no es tarde, hijo mío/ salta tu porvenir, tu honor, tu nombre,/tu dignidad de hombre […] Mira si quieres,/tomaré a mi cuidado/al tierno niño, al ángel inocente/de tu flaqueza fruto desgraciado” (De libres alas, 190-192).

El tema del hijo espurio reaparece en Edgardo, la segunda novela de Cisneros.

[5] Benjamín Cisneros, Luis, Obras completas, t. 2, Lima, Gil, 1939, 387-443.

[6] Benjamín Cisneros, op. cit.,  401.

[7] Michel, Arlette y Colette Becker, Littérature française du XIXe siècle, París, 1993,  Puf,  201.

[8] Benjamín Cisneros escribe en Julia o  escenas de la vida en Lima (1861): “El espíritu del romance francés moderno, noble y moral en el fondo, ha sido corrompido en su cuna”, Julia, Lima, 1970, Universo, 13.

[9] Benjamín Cisneros cuenta: “Mi biblioteca se ha llenado de libros serios y antiguos. Me he enterado de la poesía de la antigüedad y de las cuestiones religiosas”, Obras completas, t. 2, Lima, 1939, Gil, 404.  

[10] Ibid.

[11] Ibid.

[12] Obras completas, t. 2, Lima, 1939, Gil, 415.

[13] Obras completas, t. 2, Lima, 1939, Gil, 403.

[14] Obras completas, t. 2, Lima, 1939, Gil, 406.

[15] “Sólo hay unanimidad para atacarnos y condenarnos. La verdad es que no conocen a  América. Esto me tiene muy afectado”, Obras completas, t. 2, Lima, 1939, Gil, 413;

[16] Ibid., 441.

[17] Edgardo, París, Rosa y Bouret, 1864, 242. La Biblioteca Nacional de Francia conserva dos ejemplares de la primera edición de Julia, pero ninguna de Edgardo.

[18] Obras completas, t. 2, Lima, 1939, Gil, 397.

[19] Edgardo, París, Rosa y Bouret, 1864, 263.

[20] Ibid., 275.

[21] Los recuerdos  de Arona publicados en la revista satírica El Chispazo por los años 1890 fueron recopilados por Estuardo Núñez con el título Memorias de un viajero peruano (Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1971)

[22] Pedro Paz Soldán y Unánue, Memorias de un viajero peruano, ed. cit., 39.

[23] “[…] en Francia por lo general reina una mezquindad abrumadora” (Memorias …, ed. cit., 77)

[24] “[El francés] con muy suave expresión/ Te encaja una grosería/ Entre pardon y pardon”, en Ruinas, Paris, Denné Schmitz, 1863, 24.

[25] “Los ingleses son serios y caballerosos, los franceses, los parisienses al menos, chispeantes, vivarachos, inquietos y a veces petulantes”  (Memorias…, ed. cit., 39)

[26] Memorias…, ed. cit., 85.

[27] “Aquella señorita […] subía a arreglarnos el cuarto como se usa en Europa […] ¡Oh!¡qué diferencia con las martagonas de servicio de Lima”, ibid., 84.

[28] Memorias…, ed. cit., 82.

[29] Memorias…, ed. cit., 98.

[30] Memorias…, ed. cit., 81. La palabra francesa houx está agregada por el propio Arona.

[31]  Memorias…, ed. cit., 85. Las itálicas irónicas son de Arona.

[32] Memorias…, ed. cit., 95 .

[33] Memorias…, ed. cit., 82.

[34] Memorias…, ed. cit., 238-242.

[35] Citado por Julio Ortega en Juan de Arona (Biblioteca Hombres del Perú. 4ª Serie, XXV, Lima, 1967, 40).

[36] Xammar, Luis Fabio, Juan de Arona, romántico del Perú, Lima, sd., Biblion, 1.   

[37] Además de la forma métrica denominada silva, incluye en Ruinas un poema a lo Góngora: “Galatea”.

[38] Citado por Jorge Villarán Pasquel en Juan de Arona. Su personalidad y su obra literaria, Lima, 1937,  La prensa, 61-62.

[39] Ruinas, París, Denné Schmitz, 1863, 277.

[40] Armonías (Libro de un desterrado), París, 1865, Rosa y Bouret.

[41] Palma, Ricardo, “Zorrilla”, en Tradiciones peruanas completas, Madrid, 1964, Aguilar, 1344.

[42] En 1866, en “Consolación” se puede leer : “Entonces si el joven se llama Alfredo de Musset, se vuelve escéptico y muere envenenado por el alcohol; si se llama Gerardo de Nerval se torna impío y se ahorca bajo las ventanas de una ramera”, Tradiciones peruanas, Madrid, 1993, Archivos, 304.

[43] Acerca del romántico alemán Heine, una carta de 1885 ilustra las relaciones amistosas entre Palma y quien será su mayor adversario, Manuel González Prada antes de los ataques del Teatro Olimpo en octubre de 1888. Así empieza: “Con motivo de la conferencia que sobre Enrique Heine y sus obras se propone usted dar en el Ateneo de Lima, me ha manifestado empeño en conocer las pocas traducciones  que del tan notable alemán hice…”, en Epistolario de Ricardo Palma, t. 1, Lima, 1949, Cultura Antártica, 204. La conferencia en el Ateneo de González Prada revela el entusiasmo por Heine en la Lima de los años 1885.

[44] En “La casa de Pilatos”, de 1868, el narrador apunta que: “en el sótano pueden hacer funcionar holgadamente contrabandistas y conspiradores […] y doncellas tiranizadas, y todo el arsenal romántico romancesco”, en Tradiciones peruanas completas, Madrid, 1964, Aguilar, 361.

[45] Podría completarse este trabajo por otros acercamientos biográficos, especialmente a los poetas Clemente Althaus y Carlos Salaverry. 

Fin de la peste – JM Arguedas

Final de Los ríos profundos

… El Pachachaca gemía en la oscuridad al fondo de la inmensa  quebrada. Los arbustos temblaban con el viento.
La peste estaría, en ese instante, aterida por la oración de los indios, por los cantos y la onda final de los harahuis, que habrían penetrado a las rocas, que habrían alcanzado hasta la raíz más pequeña de los árboles.
— ¡Mejor me hundo en la quebrada! —exclamé— La atravieso, llego a Toraya, y de allí a la cordillera… íNo me agarrará la peste!

Corrí; crucé la ciudad.
Por el puente colgante de Auquibamba pasaría el río, en la tarde. Si los colonos, con sus imprecaciones y sus cantos, habían aniquilado a la fiebre, quizá, desde lo alto del puente la vería pasar, arrastrada por la corriente, a la sombra de los árboles. Iría prendida en una rama de chachacomo o de retama, o flotando sobre los mantos de flores de pisonay que estos ríos profundos cargan siempre. El río la llevaría a la Gran Selva, país de los muertos.  ¡Como al Lleras!

José María Arguedas, 1958

CARIBE CONVULSO

Tiempos recios de Mario Vargas Llosa 2019

Carlos Estela Vilela  –  Université Bordeaux Montaigne

Vargas Llosa ha vuelto a Centroamérica. Casi veinte años después de su novela sobre la dictadura del generalísimo Rafael Trujillo en República Dominicana (La Fiesta del Chivo, 2000), el autor peruano se traslada a Guatemala para construir una cautivadora ficción sobre la caída del gobierno del coronel Jacobo Árbenz y el asesinato del tosco títere que lo derrocara: Carlos Castillo Armas.

Es, en cierta medida, una ficción histórica sobre una ficción. La novela detalla los vericuetos de la operación PBSuccess llevada a cabo por la CIA para neutralizar las reformas democráticas puestas en marcha en Guatemala. Una estrategia político-militar basada en una mentira. El gobierno estadounidense movilizó pertrechos, sicarios, opinión pública, mandatarios en diversos países centroamericanos para conducir una contrarrevolución bajo el pretexto del inventado riesgo que Árbenz suponía al pretender convertir a Guatemala en una cabecera de playa del comunismo soviético en América latina. Un personaje siniestro aparece al inicio del libro casi como una sombra para trazar el trágico boceto de este plan, el maléfico profeta de la propaganda: Edward L. Bernays y cuya única intención es proteger los intereses económicos de la todopoderosa United Fruit Company en esta parte del continente. Tan solo dos semanas en el país le bastaron para darse cuenta de que su obstáculo era el “amor desmedido por la democracia” del presidente Arévalo. Una línea que Árbenz continuaría tratando de copiar el modelo de los Estados Unidos. Es esta desgarradora ironía el telón de fondo sobre el que desfilan los personajes de Tiempos recios.

En sus páginas rebrotan los habituales diálogos cruzados (o superpuestos) a los que nos tiene acostumbrados Vargas Llosa; la agilidad de la acción dosificada en capítulos breves como rounds precisos; un tiempo que avanza y retrocede controlando la tensión, capturando la atención, adiestrado por el también habitual narrador que conoce las ambiciones y los miedos de sus personajes hasta el punto de casi gozar con ellos. Un placer que para la gran mayoría de ellos resulta efímero, insípido, en la medida en que casi todos resultan siendo títeres orquestados por poderes oscuros. En este sentido, pensemos en la interrumpida cristalización del sueño demócrata social de Árbenz para “modernizar y sacar de las cavernas a Guatemala” que lo hunde en la inevitable constatación de su propia ingenuidad, pero también en las desapariciones de Enrique Trinidad y Johnny Abbes García. Tanto los cultos cándidos idealistas como los matones asalariados por los poderes de turno y que tropiezan en sus propias redes están imposibilitados de escapar de sus desgracias. Pareciera que solo las alianzas con los más altos poderes –como la que se sugiere entre la Madrastra (CIA) y Miss Guadalupe– garantizaran el éxito.

En el epílogo, del cual podría haberse fácilmente desprendido la novela, en el que el narrador se desnuda en primera persona, se desata, por consiguiente, una táctica de verosimilitud que hacia el fin se homologa con el discurso y juicio del articulista de diario y finaliza con una diatriba anticastrista. Sin embargo, a pesar de –y, precisamente por– operar desde la anécdota contemporánea termina de construir el perfil de un personaje como el de Marta Borrero (Miss Guatemala) de una sublime complejidad que se debate entre la ostentación, la seducción, la sagacidad, el ridículo y deja traslucir una deliciosa probable conspiración contra su amante: Castillo Armas.

Marta Borrero ecuerda por instantes a Doña Bárbara y esto, al tratarse de una ficción histórica impide que acusemos a la obra de apoyarse en un viejo estereotipo por la sencilla razón de que la realidad, a menudo y como parece ser en este caso, está plagada de ellos. Ciertamente, Marta despierta una fascinación en los hombres que le permite conseguir sus objetivos usándolos como medios. Este poder está asociado en la narración, por supuesto, con su voluptuosa belleza física, su audacia e inteligencia, pero también es atribuido a fuerzas sobrenaturales: “¿Era Miss Guatemala una niñita inocente o un ser diabólico? (p. 127) que le permiten seducir las fuentes del poder.

Convendría revisar la antigua dicotomía entre civilización y barbarie que vuelve al ruedo en Tiempos recios de manera bastante evidente en la figura de su esposo, el doctor Efrén García Ardiles quien abandonado y exconvicto llega a preguntarse si su decadencia se origina luego de violarla y embarazarla a los quince años (es decir, abandonarse a sus instintos primarios) y verse obligado a casarse por el padre furibundo quien lo visita para darle ese ultimátum en su consultorio entre “estantes con libros y objetos primitivos maya-quichés…” (p.36); una alegoría de su lucha interna. Más adelante, el mismo afirmará que: “En Guatemala, la historia retrocedía a toda carrera hacia la tribu y el ridículo” (p. 125). En este vaivén no solo se encuentran los personajes, el país entero, es arrastrado hacia la temida oscuridad primigenia. El clímax ocurre en la escena macabra a cargo de los tonton macoutes de Papa Doc: “más que matanza, una fiesta bárbara, primitiva, un ritual. […] como en los tiempos remotos, los de las cavernas y las selvas prehistóricas” (p. 332).

Con esta novela, Premio Francisco Umbral al Libro del Año en 2019, se entabla un diálogo evidente con La Fiesta del Chivo pero su amplitud es mayor. El caso guatemalteco –o dominicano– resulta un triste epítome en el que no solo se condensa un pasado latinoamericano doloroso sino que ayuda a identificar responsables y comprender su cruda gestación y las implicancias que tiene en el presente compartido que vivimos. Es denuncia, es reivindicación, es un recordatorio de situaciones que no han variado gran cosa, de tenebrosos procedimientos de control e intrincados mecanismos del poder que se han perfeccionado con los años y progresos tecnológicos.

En tiempos de la posverdad, es una lectura ineludible.

Bordeaux-Burdeos 31 de mayo de 2020.

 

Mercedes Cabello de Carbonera : una locura anunciada

 

De la metáfora de la locura al encierrro en el manicomio de Lima: el caso de Mercedes Cabello de Carbonera presentado en 1999 por Isabelle Tauzin-Castellanos. 

Un artículo temprano publicado en Locos, excéntricos y marginados en la literatura latinoamericana , 1, CRLA, pp.93-102, 1999, ISBN : 9782910050054.

Mercedes Cabello de Carbonera: una locura anunciada

Lectura del PDF